El blog de Félix Villafranca | Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 1.- La Comunidad del Olivar se consolida
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Pequeña historia de la Comunidad del Olivar. 1.- La Comunidad del Olivar se consolida

Todo empezó como por azar, por una serie de coincidencias que, en el verano del 77, nos llevaron a  acampar en una aldea cerca San Pedro de Alcántara, que se llamaba Aceña de la Borrega. Las Hijas de la Caridad de la Provincia de Sevilla acababan de iniciar una experiencia comunitaria de evangelización rural, desde El Pino, donde tenían su residencia comunitaria. Estimulados por ellas, un grupo de jóvenes inquietos del norte, mayoritariamente enfermeras del hospital de Santiago de Vitoria, iniciaron una aventura especial: convivir entre ellos y compartir con la gente sencilla del pueblo su búsqueda de identidad creyente, en activo. Todo esto queda consignado en el folleto anterior en las paginas 33-40.

Poco a poco, aquella chispa inicial fue prendiendo en el corazón de un puñado de jóvenes, con los cuales tenía contactos periódicos, como Delegado provincial de la pastoral juvenil de mi Provincia canónica de Zaragoza. A partir de la primera acampada en Aceña de la Borrega, que fue impactante para tos que participaron en ella, fue creciendo un halo de que eran precisamente este tipo de experiencias lo que los jóvenes vicencianos de mi entorno necesitaban. Bien estaban las reuniones periódicas de centro o de zona, bien las marchas a Aránzazu, las Pascuas juveniles, los campamentos 4R, los cursos de inglés de verano, pero compartir, simultáneamente, vida interior, relación de amistad profunda entre jóvenes y servicio pastoral y social con gente sencilla de pueblo, era otra cosa bien distinta.

A partir de aquel momento, los jóvenes más inquietos, que buscaban otra cosa distinta de la pastoral general habitual de aquellos tiempos, se planteaban la posibilidad de participar en una acampada de evangelización rural al modo de la del Olivar en Aceña. Problemas hubo para discernir quienes podían ir a este tipo de experiencias y los que debían seguir con las actividades normales de la pastoral general,. Problemas y fricciones, porque no decirlo, si es también humano y comprensible que existan este tipo de celotipias. Siempre las ha habido entre humanos, incluso dentro de las comunidades religiosas: es parte inevitable de la condición humana

Lo cierto es que aquel primer impulso vital parecía imparable. Y fue haciéndose cada día más grande el clamor por participar en esta experiencia única en aquel momento. No eran muchos, pero eran los más firmes y afianzados en la búsqueda de su propia identidad cristiana, en el servicio activo y personal de los pobres. Y lo que se pensó como una experiencia especial de un verano cualquiera pasó a ser una aspiración compartida sostenible. De estas acampadas nacieron relaciones profundas entre jóvenes, con espíritu vicenciano, procedentes de distintas regiones de España, mayoritariamente del norte y de Madrid, por donde yo me movía con más frecuencia.

Todavía hay que destacar otro aspecto inédito. Los jóvenes participantes en aquella experiencia de verano salían motivados no solo para seguir reuniéndose periódicamente, y participar en encuentros y convivencias, sino también y, sobre todo, para colaborar pastoralmente en sus parroquias y para organizar actividades de acción social y cultural en las zonas de su demarcación.

El grupo de Baracaldo, plenamente insertado en la parroquia de Rémar, visitaba los domingos la residencia de ancianos de San Mamés y, esporádicamente, otros  centros de acogida de pobres, alcohólico y de ancianos, regidos por las Hijas de la Caridad.de Bilbao.

Los de Madrid, por su parte, con el tiempo, se insertaron fuertemente en las parroquias de S. Matías y de Santa María del Parque (Hortaleza).  Algunos del grupo de Hortaleza iban los fines de semana  a alegrar a los niños enfermos de la Paz, con sus canciones y fiestas. Más tarde, sintiéndose adultos y maduros, crearon una casa de acogida para emigrantes y personas sin techo, que aún mantienen, a nombre de Comunidad del Olivar.

La ilusión joven, cuando es auténtica, no tiene límites. La Comunidad del Olivar, fue de las primeras instituciones vicencianas de España que envió, durante los veranos, voluntarios a colaborar en nuestras misiones, tanto de Paúles, en Honduras, como de Hijas de la Caridad, en Bolivia. No fueron muchos, 12 aproximadamente, en años sucesivos, pero aquella experiencia les dejo marcados para siempre, Alguno se mantuvo por más de un año. Varios repitieron verano.

Otra  aportación inestimable de los miembros de la Comunidad del Olivar fue su participación en los cursos de inglés de verano, como monitores experimentados, curtidos en la pastoral rural de las acampadas. Llegaron a constituir el grupo de monitores imprescindible; sin ellos, no hubiera sido posible mantener este campo singular de pastoral joven de los veranos.       Hay que destacar que la mayoría de ellos eran estudiantes universitarios y que se pasaban el verano alternando, durante los meses de Julio y Agosto, la acampada  y el servicio abnegado de monitor, y monitor experimentado y fiable, hasta donde la humana fragilidad permite esperar.

Queda por destacar, con entrañable agradecimiento, la colaboración de las Hijas de la Caridad  en los primeros cursos de inglés de verano, pero, sobre todo. en las acampadas del Olivar. Fue especialmente significativa su presencia en las acampadas de Aceña, en las que participaron Hermanas de la Provincia de Sevilla y de San Sebastián. y, más tarde, en las acampadas de la sierra de Albacete, en las que participaron Hermanas de la Provincia de San Sebastián.

Significativa fue igualmente la participación en esas acampadas de algún sacerdote y religioso de otras congregaciones, así como de  otros miembros paúles de la Provincia de Madrid y de Zaragoza.

El fruto maduro de las acampadas del Olivar fueron los múltiples planteamientos vocacionales que en ellas surgieron; algunos fueron  fruto de un calentón de las tórridas noches de verano, pero otros llegaron a sazón y viven con ilusión renovada su vocación de Paúles y de Hijas de la Caridad. Sólo Dios sabe de la fuerza irresistible de   aquellas reflexiones en el Olivar de turno, que les llevó a tomar esa decisión definitiva, en el despertar luminoso del día después.

Todavía queda por destacar que, en algunos casos, la amistad fraguada en aquella experiencia del Olivar, prolongada después en los cursos de inglés, terminó, finalmente, en familias bien constituidas, arraigadas en valores que daban consistencia a su compromiso vital.

Más allá de estos casos excepcionales, todos los que tuvieron el privilegio de vivir el Olivar intensamente han quedado marcados de por vida, aunque, por la debilidad de la humana naturaleza, algunos, con el correr de la vida, se hayan apartado de la práctica religiosa habitual.        La impronta que les marcó queda impresa en sus vidas y se manifiesta en la relación intensa que les une y en su compromiso social y político que les mantiene firmes en la búsqueda de una sociedad más pacífica y más justa, en definitiva, más cerca de los valores del evangelio.

La red de comunicación creada por ellos, a través del whatsapp, con el nombre de “Olivar-Cursillos”,  les mantiene fuertemente unidos, en dialogo fraterno permanente, más allá de sus diferencias ideológicas personales, propias del ambiente y del tiempo que nos toca vivir.      

Difícilmente se puede llegar más lejos en la relación de amistad profunda, en un grupo tan heterogéneo y de orígenes tan diversos.

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