El blog de Félix Villafranca | P. Rosendo Huguet CM, un misionero del pueblo para el pueblo
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P. Rosendo Huguet CM, un misionero del pueblo para el pueblo

Sus raíces y primeros recuerdos

Rosendo nace en el seno de una familia numerosa, como era freccuente en aquella época de la postguerra española, necesitada de brazos para cultivar la tierra y asegurar la supervivencia familiar.

Su fecha de nacimiento tiene lugar el 6 de Noviembre de 1938, en Ribaforada, un pueblo de la Ribera de Navarra, que entonces no llegaría, posiblemente, a los 2.000 habitantes, pero que hoy sobrepasa los 3.500, con más de un 12% de emigrantes, de aproximadamente 16 nacionalidades diferentes. Ribaforada es hoy un pueblo de buena calidad de vida, donde la agricultura, de no mucha extensión territorial, pero toda ella de regadío, se combina con pequeñas industrias, hasta hacer de esta villa navarra una zona de fuerte crecimiento demográfico, en los últimos 40 años.

Sus padres, Leonor y Rosendo, son labradores asalariados, de humilde condición, pero de gran personalidad: trabadores incansables, siempre de buen humor, de fina ironía bien intencionada, bondadosos, acogedores, de puertas abiertas, de los abuelos de antes que no permitían que nadie que llamara a su puerta se fuera sin ayuda o sin consejo. Su casa era la casa de todos: centro de reuniones familiares y de amigos de los hijos. Todavía tengo en los recovecos de mi mente la sonrisa permanente de la madre y el gesto facial bondadoso de su padre. Todo el pueblo les conoce, cariñosamente, como “los churris” Y su familia entera será siempre “los curris”, desde el mayor hasta el más pequeño. No conozco el origen ni significado del apodo, pero puedo certificar que, en el contexto familiar y local, suena a afecto y cercanía.

Estos son los nombres de sus hermanos: Félix, Eduardo, José Luis, Jesús (conocido en el pueblo como Chamaco), todos ellos fallecidos; y Amelia, Herminia y Pedro. De todos ellos todavía se puede decir: de tales padres, tales hijos.

Me siento privilegiado de haber sido amigo personal de Rosendo desde su más tierna infancia y de haber participado en las frecuentes fiestas familiares de su casa.

Hay dos hechos de su infancia que marcan profundamente la vida de Rosendo. Uno es la misión de los Padres Paúles tenida en Ribaforada en Marzo de 1950 y otro, la muerte, por accidente, de su hermano José Luis, en las fiestas patronales de San Blas, en Febrero de ese mismo año. En la víspera de San Blas, dos de Febrero del 50, la leña verde de la hoguera de San Blas no ardía. Y no tuvieron mejor ocurrencia los encargados de encender la hoguera que arrojar unos cubos de gasolina a la leña. El fuego estalló y prendió a unos cuantos niños curiosos que contemplaban la escena. Cuatro niños murieron a consecuencia de las quemaduras. Uno de esos niños fue José Luis, hermano de Rosendo, pero podía haber sido Rosendo o yo mismo, que, de vuelta a casa, por la hora intempestiva, contemplamos el estallido de la hoguera, desde lejos, justo al entrar en nuestras casas. Las quemaduras de José Luis le mantuvieron con vida durante meses, con curas que le despellejaban vivo. Y la familia, durante todo este tiempo, se mantuvo con entereza cristiana.

La misión de los Paúles marcó definitivamente el rumbo de su vida y el mío propio. Los dos, y tres amigos más, decidimos entrar en el seminario menor de los Paúles, entonces llamado Apostólica, en Pamplona, en Septiembre de ese mismo año 1950. El inigualable arte y carisma del P. Pedro Langarica nos había ganado el corazón, como a tantos niños de la época, en aquellas misiones populares, verdaderos semilleros de vocaciones sacerdotales y religiosas.

Dios todavía probó de otra forma a Rosendo: justo en el tiempo de entrar a la apostólica, la enfermedad retuvo su entrada durante meses, tiempo que dedicó a colaborar con otro sacerdote amigo, de tal manera que su entrada definitiva, oficial, a la apostólica tuvo que posponerse al año siguiente, Septiembre de 1951.

El ser y hacer del P. Rosendo.

Desde el conocimiento temprano que tengo de Rosendo, desde las informaciones de amigos y compañeros que han seguido de cerca la trayectoria pastoral de Rosendo en el Perú, desde sus actitudes y hábitos durante sus estancias vacacionales en el Ribaforada, puedo afirmar, sin mucho margen de error que Rosendo es un vicenciano de cuerpo entero, un sacerdote del pueblo y para el pueblo: cercano, afable, de buen humor, siempre disponible, entregado a lo suyo y a los suyos, (los pobres que Dios va poniendo en su camino, los niños, los jóvenes…); sensible a las pobrezas y a los pobres. Este es quizá el mejor resumen de su vida, que, a la vez, le hace un referente de plena actualidad para los vicencianos, sean paules o seglares. Es precisamente esta manera de ser y de actuar de Rosendo lo que le ha hecho tremendamente popular, y tan querido, donde quiera que ha estado o en los múltiples ministerios pastorales que ha ejercido.

Viendo el listado de destinos que ha tenido en su querido Perú, intuyo la disponibilidad incondicional en que se ha movido su celo pastoral, a la vez que el sentido profundo de su obediencia a los superiores. No sé si quedaba algún ministerio de los vicentinos en Perú que no hubiera ejercido todavía. Conociendo a fondo a Rosendo queda excluida toda torcida posible interpretación de inadaptado, de difícil asiento en los lugares por los que ha pasado; más bien, su actitud de permanente disponibilidad a ir donde los superiores estimaban conveniente su presencia, queda resaltada, engrandecida. Esa actitud adquiere un valor especial en un tiempo y en una sociedad, en la cual también nos movemos los religiosos, de una obediencia dialogada, siempre consensuada, entre el superior de turno y la persona.

Estos son los ministerios pastorales que ha ejercido, a lo largo de su vida en Perú, desde su llegada en octubre de 1965, recién estrenado su sacerdocio: ha sido, una o más veces, vicario parroquial, párroco, profesor en varios colegios, subdirector y director en algunos de ellos. Ha sido igualmente Superior, Director espiritual, Director Provincial de las Hijas de la Cariad del Perú y Consejero Provincial de los Vicentinos de esa Provincia. Todos los testimonios de que dispongo atestiguan que, en todos esos ministerios, ha sido una persona altamente valorada y estimada. En todos ellos ha brillado por su cercanía, buen humor, alegría, sensibilidad hacia los pobres, disponibilidad permanente para el servicio. Los testimonios de condolencia recibidos y la presencia masiva de personas de toda condición social a sus funerales, tanto en Perú como en su pueblo, confirman la alta estima y cariño del pueblo al P. Rosendo.

Valoración del P. Rosendo por parte de su Provincial, P. Pedro Guillen.

De la homilía del P. Provincial en los funerales, en Perú, destaco los rasgos más característicos del P. Rosendo. Cito textualmente.

Tres actitudes destacan en su vida sacerdotal como misionero vicentino y que son ejemplo para todos nosotros: la disponibilidad, la fidelidad   y la versatilidad. La disponibilidad para aceptar con un profundo sentido de obediencia activa cualquier destino o función que le asignaran sus superiores, en diálogo abierto y sincero, pero siempre poniendo en primer lugar lo que él pudiera aportar en beneficio del interés y las necesidades del Proyecto Provincial. La fidelidad bien entendida y asumida, que no consistía en él en una perseverancia pasiva, sino en un estímulo para vivir en perfección y renovación, superando la tentación de la rutina, la tibieza, la instalación, la comodidad, y tender hacia el don, la gracia, la tarea, el compromiso y la respuesta a las necesidades de la Iglesia y de la Congregación. La verstilidad de funciones y de servicios durante sus 52 años de ministerios tan diversos como párroco, director de colegios, director de las Hijas de la Caridad, Consejero Provincial. Por otra parte, siempre mostró gran capacidad de adaptación pastoral para ayudar en sus necesidades a matrimonios, jóvenes y niños, con palabras de aliento, optimismo y esperanza…

Practicaba una pastoral “del corazón”, de acogida atenta y solícita ante tantas personas que viven situaciones de preocupación, inseguridad, soledad, vacío, aislamiento. Se desenvolvía también con mucha soltura en ambientes de muchas personas, por su simpatía y claridad de ideas: por sus frases ingeniosas y profundas, orientadas a vivir una filosofía de la vida para ser feliz y hacer felices a los demás…

El P. Rosendo tenia bien asumido que no era lo único, ni probablemente, lo más importante en un misionero el hacer sino el ser; también, en su talante personal, nos deja profundo testimonio de vida y ejemplo para todos.

Podemos atestiguar su profunda capacidad de comunicación, que transmitía confianza, cercanía, optimismo, esperanza, siempre con un marcado sentido del humor, y en atención y mirada permanente a la necesidad, preocupación o vivencia de su receptor, tanto en el ámbito comunitario de nuestra vida interna como en su ministerio pastoral.

Exigente consigo mismo y flexible con los demás, asumía sus propios errores y deficiencias con humildad, defendía su ideas con sinceridad y valentía, y tenía gran capacidad para perdonar y sobreponerse a las dificultades de la vida.

En su vida espiritual transmitía una profunda fe en su relación con Dios. Reafirmaba cada vez más la dimensión mística y espiritual de su vida. La necesidad de Dios, que acompañó e impulsó todo su caminar sacerdotal, la oración personal y comunitaria, la celebración y vivencia del sacramento de la Eucaristía y Reconciliación, la mirada a las virtudes de la Virgen María, con el rezo constante del Santo Rosario, y el ejemplo de San Vicente fueron luces que iluminaron su caminar misionero.

Hasta aquí el testimonio literal del P. Pedro Guillén, provincial del Perú, sobre el P. Rosendo Huguet.

Ribaforada, pueblo natal del P. Rosendo, celebra sus virtudes vicencianas.

Fuertemente vinculado a su pueblo y a su familia, Rosendo visitaba a los suyos con la frecuencia que le permitía la práctica y costumbres de su Provincia de Perú, siempre que lo permitía su delicada salud de los últimos años. No era de los que aprovechaban sus periodos vacacionales para turistear de aquí para allá. Permanecía en el pueblo prácticamente todo el tiempo. Pero, su estancia entre los suyos no le impedía colaborar en las tareas pastorales de la parroquia del pueblo, de tal modo que el párroco, José María Garbayo, le confiaba, durante su estancia, las llaves de la parroquia y aprovechaba el mismo la estancia de Rosendo en el pueblo para tomarse su propio periodo vocacional, cumpliendo con sus deberes familiares.        

La atención pastoral a un pueblo grande como Ribaforada llevaba consigo, a veces, la celebración de numerosos funerales, misas de fines de semana y, por añadidura, cuando el guion lo exigía, contactos pastorales con niños y jóvenes.

En uno de esos periodos vacacionales, justo después del terremoto del Perú, que dejó a muchos niños, sin hogar y sin los recursos mínimos, algunos de ellos sus propios alumnos, Rosendo tuvo la feliz idea de organizar una campaña de promoción de becas escolares en Ribaforada. Su carisma, su gracia y los colaboradores familiares que encontró, entre los que destaca su hermana Herminia, hizo posible que mantuviera durante años unas cincuenta becas de estudio para sus niños de Perú. Su sobrina Raquel me presentó el listado completo, con nombres y apellidos de los beneficiados y de los donantes. Treinta y dos niños eran de primaria y dieciocho de secundaria. Las becas no exigían cantidad fija determinada, consistían en pequeñas aportaciones, pero enriquecidas con el contacto epistolar anual correspondiente.

Durante toda su vida supo hermanar, en perfecta armonía, el cariño a los suyos y a su pueblo, con el amor vinculante a su entrañable Perú. La agravación de su enfermedad, que le sorprendió en Ribaforada, no le hizo desistir de su decisión sostenida de volver al Perú de sus amores. De hecho, estaba esperando, incluso suspirando, por su vuelta al Perú; su billete de avión, que cumplía su plazo pocos días más tarde, estuvo bien guardado hasta el final.

Las virtudes arraigadas de Rosento alcanzan su éxtasis en la entereza serena y tranquila ante la muerte cercana. Testigos presenciales atestiguan que, al querer aplicarle la médico que le atendía una inyección que aliviara sus dolores, Rosendo, con toda calma, le respondió: déjeme vivir mi muerte.

Raquel, sobrina del P. Rosendo, en el manifiesto cariñoso que dedicó a su tío, al final de la misa, resume muy bien el aprecio y empatía que Rosendo despertaba en su pueblo. Resumo su testimonio.

“Querido tío, son tantas las cartas de consuelo que nos has enviado a lo largo de tu vida, que hoy somos nosotros los que te la enviamos a ti… Siempre has tenido palabras de comprensión, de aliento y de ánimo para todos. Dejaste tu familia y tu hogar para dedicarte a los que más te necesitaban. Tú nos enseñaste el sentido de la palabra familia…Hoy, tus hermanos, aunque rotos por el dolor, por la pérdida del hermano, han demostrado una fuerza y un cariño, acompañándote durante todo este mes. No te preocupes, haremos lo que tú siempre nos decías: “cuiden de mis hermanos”, y, sobre todo, “cuídense los unos a los otros”. Nos enseñaste a amar lo bueno de las personas, nunca lo malo; en definitiva nos enseñaste a ser mejores personas. Fuiste privilegiado de tener una familia aquí, y otra en el Perú. Allí, en el Perú, pasaste la mayor parte de tu vida, a donde todavía, a pesar de tu precaria salud, querías volver. Hoy es un día muy triste porque te llevas contigo una parte muy grande de todos nosotros, pero, a la vez, nos dejas una gran parte de ti, por lo que nos sentimos enormemente orgullosos. Tú nos enseñaste que las personas no mueren, sino que permanecen vivas en nuestro recuerdo, por lo que tú jamás morirás. Tú siempre decías “siembra y recogerás” y eso es lo que seguiremos haciendo: sembrar, cuidar y mantener esta familia, la de aquí y la que nos has traído del Perú…”

Todos estos testimonios explican la cálida y cariñosa asistencia del pueblo de Ribaforada al funeral de despedida de uno de sus hijos más preclaros. El párroco, emocionado, también expresó, al final de la misa funeral, su profundo sentimiento de agradecimiento y, a la vez, de pesar por la muerte de su fiel colaborador vacacional.

El funeral fue presidido por el P, Provincial de los PP Paúles de Zaragoza, P David Carmona, acompañado como concelebrantes por el propio párroco y los PP. Santiago Azcárate, Angel Pascual, ambos de la casa central de Zaragoza y un servidor, de la comunidad de Albacete.

Que la vida y la muerte del P. Rosendo Huguet, en este año de la celebración del 400 aniversario del carisma vicenciano nos empuje y estimule a impregnarnos fuertemente del carisma de Vicente de Paúl, en una actitud renovada y actualizada de servicio evangélico a los más pobres.

P. Félix Villafanca CM

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