El blog de Félix Villafranca | Evocaciones al atardecer XIX: Murguía, centro referencial de la Pastoral Juvenil Vicenciana del Norte
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Evocaciones al atardecer XIX: Murguía, centro referencial de la Pastoral Juvenil Vicenciana del Norte

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Primera parte: El renacer de Murguía

Murguía es una pequeña población de la provincia de Álava, a tan sólo 16 kms. de Vitoria. Aunque pequeña por su dimensión geográfica y por el número de sus habitantes, constituye un núcleo referencial para otras pequeñas poblaciones cercanas, que constituyen, con ella, el llamado Valle de Zuya, con un total aproximado de unos 1.800 habitantes en invierno y más de 5.000 ciudadanos flotantes en verano. Murguía es como la capital del Zuya. El clima suave del verano, la belleza paisajística, la cercanía del Gorbea, montaña emblemática del país vasco, la riqueza y variedad de sus montañas, la cercanía de Vitoria y de Bilbao, a tan sólo 50 kms. de ésta, hacen de Murguía y del Valle de Zuya, en general, un resorte turístico de considerables dimensiones. Abundan en este entorno chalets y bungalows de familias pudientes de las citadas ciudades cercanas. Constituyen la gloria y corona de esta privilegiada zona los tres centros religiosos de primer orden con los que cuenta, desde hace más de cien años: los antiguos colegios de PP. Paúles y de Hijas de la Caridad y el Convento de clausura de Carmelitas Descalzas, ya cerrado, desde hace algunos años. Aunque los tres han sido transformados y adaptados a la nueva realidad, todavía simbolizan la gloria y esplendor de su pasado no tan lejano.

En Septiembre de 1978 los Superiores mayores pensaron que Murguía podía ser un buen entorno para potenciar la pastoral juvenil que venía desarrollando desde Las Arenas. Y allá trasladé mi centro de operaciones. El antiguo colegio de PP. Paúles acababa de terminar su periplo de centro educacional, después de culminar sus tres etapas fundamentales: colegio privado, seminario menor o apostólica y centro de estudios y de acogida de chicos procedentes de zonas mineras, lo que entonces se llamaba de reaseguros… El caserón, muy deteriorado después de haber servido de cárcel durante la guerra civil y de colegio de niños no precisamente disciplinados, todavía reunía las condiciones elementales requeridas para acoger a niños y jóvenes en sistema de albergue. Tenía amplios campos de deporte, espaciosos salones y, desde luego, un número incontable de camas y literas, hasta 300 aproximadamente.

No iba allí en calidad de lobo solitario. Allí estaba ya el P. Pablo Domínguez que había ejercido, en la etapa anterior, de profesor de los niños de reaseguros. Y conmigo vinieron, para ejercitarse en la pastoral juvenil, antes de ordenarse, Tomás Chocarro y Pedro Guillén. Con el P. Gabriel Gómez Cacho de Superior constituíamos una Comunidad de pro. El equipo tenía apariencias de solemnidad y empaque; y creo que, en términos generales, cumplimos bien la misión. Desde esta capitanía general, convocamos reuniones o convivencias de todo tipo; divididos en binas visitábamos, con cierta asiduidad, colegios y grupos vicencianos del norte. Murguía se convirtió en una colmena de gente joven que dejaba su impronta de ilusión y de vida nueva. Por otra parte, el trabajo iniciado en la etapa anterior, en las Arenas, de visitas a centros y convivencias locales, alcanzaba así su plenitud.

Los encuentros y convivencias, que se multiplicaban por todas partes en aquel entonces, nos llevó al descubrimiento de que había jóvenes que requerían una atención especial. Había jóvenes especialmente sensibilizados para la oración, para el servicio pastoral, para el voluntariado social. Merecía la pena cultivarlos con mimo especial. Así nacieron, o se consolidaron, pequeñas células de jóvenes que bien se les podía llamar grupos de oración o de reflexión o de compromiso. Eran los que siempre estaban disponibles para cualquier colaboración que se les pidiese, los que siempre echaban una mano…

Ya quedan reseñados anteriormente los grupos de colegios que se distinguían por su fidelidad y constancia. Dentro de estos grupos generales había pequeñas células que requerían un seguimiento especial. Teníamos reuniones y celebraciones periódicas con todos estos grupos. Y siempre dábamos un espacio para la comunicación y seguimiento personalizado.

Pidiendo disculpas por herir su sensibilidad y humildad vicencianas, es de rigor citar a las Hermanas que animaban, con entrega total, a estos grupos, en aquellos primeros años: aparte de la incombustible Sor Dominica Peña y su lugarteniente Sor Begoña Jáuregu, en San Sebastián, merecen corona especial de entrega y fidelidad, las siguientes Hermanas: Sor Aurora Bernardo, en Llodio; Sor Victorina Zabaleta, en Begoña; Sor Petra Diez, en Urretxu; Sor Irene Turienzo, en Hermani; Sor Margarita Marqués, en Corrales; Sor Pilar Garcia, en Vitoria. Afortunadamente estas Hermanas no estaban solas: contaban con el apoyo y complacencia de sus Comunidades respectivas y con la colaboración específica de otras Hermanas. Hay que añadir a este grupo de colaboradoras de primera hora, los nombres de Sor Milagrosa Zamarrón, Sor Nieves García, Sor Marciana González, Sor María Ángeles González y Sor Adelina Gurpegui (Provincia de Pamplona), que tuvieron igualmente una participación excepcional en el devenir posterior de estos grupos. Fue realmente una etapa de oro en la pastoral juvenil de la Provincia de San Sebastián; y, también, de paso, en la de Pamplona, como ya queda insinuado.

Sería demasiado prolijo destacar a los jóvenes que, dentro de esta panorámica general de euforia, colaboraron, de manera especial, con las Hermanas, en esta floración exuberante de la pastoral juvenil en esta etapa.

Sí que quiero recordar algunos momentos especiales vividos y compartidos con estos grupos. Ellos fueron, a mi modo de ver, los principales protagonistas de la gran expansión de la pastoral juvenil de la Provincia, que culminó, años más tarde en Benagalbón, pasando antes por las Pascuas juveniles de Murguía (Álava), las Javieradas, las marchas a Aránzazu, los campamentos del Olivar, los cursos de inglés de verano etc.

Las enfermeras de Vitoria, los jóvenes de Llodio, de Urretxu de Corrales constituyeron, mayoritariamente, el primer grupo del Olivar. Estos grupos se reunían, con frecuencia, para orar y programar sus acciones pastorales en sus demarcaciones territoriales respectivas. Como anécdota curiosa recuerdo que los de Corrales hacían oración, a veces, con otros grupos de la zona de Torrelavega, en un lugar que se llamaba La Pajarera. Alguna vez se unía a ellos el que entonces era un humilde vicario de una parroquia de Santander y que hoy es arzobispo de Madrid, Monseñor Osoro, recientemente nombrado cardenal.

El grupo de Corrales me acompaño durante dos años consecutivos (dos o tres veces por año) a potenciar, pastoralmente, al grupo de jóvenes que se había constituido después de la misión popular dada por los Paules en Almudévar (Huesca). Quizá fue éste el comienzo de la colaboración de los seglares en las misiones populares vicencianas, después del Vaticano II, y que, años más tarde, había de florecer hasta la dedicación casi completa, en algunos casos.

Segunda parte: Las Pascuas juveniles

La euforia de la pastoral juvenil de aquellos años, nacida, tal vez, de los rescoldos tardíos del Vaticano II, se había generalizado: las congregaciones pioneras de la pastoral juvenil tiraron del carro de la inquietud oculta y dieron con la nueva fórmula de las pascuas juveniles. Fueron los salesianos los que iniciaron esta nueva experiencia. Los jóvenes practicantes, cuyo número empezaba a decaer, no se sentían a gusto con las celebraciones excesivamente tradicionales y ritualistas de sus parroquias; de manera subconsciente o abierta clamaban por otra cosa y otros aires. Y empezamos: primero los salesianos, y, después, muy de cerca, la familia vicenciana del norte. En esta búsqueda de novedad y de adaptación a los nuevos tiempos, aparece Murguía como centro soñado para esta nueva experiencia. Murguía se constituyó rápidamente en centro referencial de las Pascuas Juveniles del Norte, no solo para la Familia Vicenciana, sino también para otras parroquias de la zona. En pocos años se multiplicaron los números, hasta 250 jóvenes de las más diversas procedencias llegaron a copar la capacidad admisible de aquel enorme caserón.

Algunos párrocos no daban crédito a aquella especie de milagro. Muchos de aquellos jóvenes que venían con gozo a vivir la Pascua en Murguía no aparecían por sus parroquias, con regularidad. ¿Qué era aquello? Y surgió la duda: ¿No sería mejor motivar a aquellos jóvenes para que participaran activamente en la celebración de la Pascua en sus parroquias y rejuvenecer así a sus feligresías? Los que andábamos metidos de lleno en aquella jungla lo teníamos claro: para que aquellos jóvenes, al menos algunos de ellos, volvieran a integrarse de lleno en la animación de la Pastoral de sus parroquias, tenían antes que empezar a saborear la belleza y la novedad del misterio pascual. No sé si lo conseguimos, pero ese era nuestro planteamiento. Lo que si pudimos constatar, con el paso del tiempo, es que muchos de aquellos jóvenes vivieron una experiencia inolvidable, y que más de uno fue tocado de por vida, en lo íntimo de sí mismo, encontrándose con Dios, a su manera. Algunos y algunas, al calor de estas vivencias pascuales encontraron los primeros interrogantes hacia la vida religiosa y hacia el sacerdocio.

El secreto de aquella efervescencia juvenil era sencillo: meterse en su alma joven, darles confianza y estimularles a la participación activa y creativa, desde su sentido religioso familiar, todavía latente. Aquello no era el rollo del cura, ni las fórmulas interminables e ininteligibles de la liturgia ritual tradicional. Había vida propia, libertad de expresión de sus sentimientos religiosos… Y si había alguna expresión inadecuada, allí estaba el compañero mejor instruido o el sacerdote amigo para clarificar conceptos y verdades…

Ni ellos mismos se hubieran imaginado que eran capaces de tener celebraciones tan largas, casi interminables, en su mentalidad anterior. Todo era meticulosamente preparado por ellos, convenientemente divididos en grupos de trabajo: la oración de la mañana, que no duraba menos de una hora; la celebración litúrgica correspondiente de cada día. El Jueves Santo incluía además la Hora Santa y la adoración del Santísimo durante toda la noche, por turnos rotativos. El lavatorio de los pies tenía, igualmente, especial relevancia. Cada uno elegía la persona a la que quería lavar los pies, significando hacia ella su sentimiento de reconciliación y de nueva actitud. No faltaban las lágrimas.

El Viernes Santo incluía, además, el Vía Crucis, convenientemente adaptado y traducido a la realidad actual; y subida a la cima del Santuario de Oro, Santuario emblemático del Valle de Zuya, con la cruz a cuestas, reverencialmente cargada a hombros de aquellos jóvenes, ellos y ellas. ¡Como impactaba a aquellas sencillas gentes del valle ese gesto de los jóvenes, cargados con la cruz! Les parecían caídos de otra galaxia. Y se inventaron la quinceava Estación: la Resurrección del Señor, que más tarde se ha popularizado. Había buenos cantores entre aquellos jóvenes: el alelluya de Hendell, en el Santuario de Oro, repetido por el eco de las montañas, sonaba a canto angelical.

El Sábado Santo, la apoteosis pascual. La mañana estaba dedicada a lo que dimos en llamar Oración de Desierto: varias horas en silencio total, contemplando la naturaleza, dejándose interrogar por la palabra de Dios, con textos especialmente seleccionados. La puesta en común de estas experiencias resultaban, con frecuencia, altamente impactantes. Se dedicaba tiempo sin medida a la preparación de la Vigilia Pascual. Todo era nuevo para aquellos jóvenes, sobre todo para aquellos que ya se habían desconectado de la vida normal de sus parroquias. Preparaban con mimo especial, de forma personalizada, la renovación de las promesas del bautismo, el Pregón Pascual, el envío evangelizador a anunciar la Buena Nueva de la Resurrección en el mundo mundial de sus amistades y entornos lugareños.

Era realmente, al menos así lo parecía, la explosión incontenible de Vida Nueva, de una nueva etapa en su recién estrenada juventud. ¿Quién olvidará aquellos días de fiesta del espíritu, de Vida interior, de encuentro y de amistad limpia, rejuvenecedora?

Tercera parte: Las Prepascuas

Aquellas auras renovadoras y entusiastas azuzaron nuestra imaginación y creatividad. Y surgió la pregunta inesperada: ¿Por qué no hacer extensiva esta experiencia de la Pascua viva a los más pequeños, a los de EGB de entonces, a los de 7º y 8º? Después de todo, ellos eran los más numerosos de nuestros colegios, y los más fáciles de encaminar… Y acuñamos la nueva fórmula: la Prepascua. Creo que no soy pretencioso ni alardeo de nada extraño, si digo que aquello fue una invención de la Familia Vicenciana del norte. Confieso humildemente que, al menos yo, no había oído hablar antes de esta modalidad.

Esta nueva experiencia iba dirigida a los peques, a los que, por su corta edad, no estaban capacitados para vivir intensamente la Pascua joven. Quería ser un anticipo y preparación para que viviesen la Pascua en su parroquias, con más intensidad; y, más tarde, tal vez al año siguiente, se sintiesen atraídos a participar en la Pascua joven.

La Prepascua tenía lugar el fin de semana anterior a la Pascua, sábado y Domingo de Ramos. A ella eran convocados los de 7º, 8º y 1º de BUP. Acudían a Murguía, santuario de niños y jóvenes vicencianos del norte, los alumnos de estos cursos de todos los colegios vicencianos del norte. Y venían sintiéndose distinguidos, casi mayores, por ser la primera vez que muchos salían de la tutela familiar.

Eran dos días pletóricos de ilusión y de amistad. El sábado era dedicado prioritariamente a dinámicas de conocimiento, juegos, canciones, lecturas bíblicas comentadas en pequeños grupos, expresiones espontáneas forma de oración, y pequeñas dosis de trabajos creativos de equipo.

El Domingo de Ramos, era la estrella de este encuentro de Prepascua. De víspera, preparaban cuidadosamente las lecturas del Domingo, con especial solemnidad, la Procesion de los Ramos y entrada triunfal en Jerusalem… Aquel día, el bocata o la frugal comida sabía cómo nunca.

Lo peor de todo era la despedida temprana, porque, en tan corto espacio de tiempo, aquellos jóvenes en flor habían intimado como no podían imaginarse.

Cuarta parte: Encuentros de reciclaje pastoral para adultos

El contacto con las nuevas realidades sociológicas y con las nuevas generaciones de niños y jóvenes nos hizo sentir pronto la necesidad urgente de ponernos al día en formas y líneas operativas de acción pastoral aplicada, dirigida a niños y jóvenes. Y esto, no sólo para las Hermanas, sino también para los Padres dedicados de lleno a esta pastoral juvenil. El clima social y familiar, los cambios de mentalidad y de signos apremiaban a ponernos al día.

Convocamos en Murguía el primer encuentro de formación de pastoral juvenil para Padres y Hermanas. Este primer encuentro tuvo lugar en Septiembre del 79, si la memoria no me falla. Lo impartieron tres sacerdotes salesianos bien conocidos en los círculos de pastoral juvenil de la zona norte. Sólo recuerdo dos de los nombres, como los llamábamos: Ángel y Ricardo.

No asistimos muchos, tan solo unos pocos sacerdotes paúles de los que andaban metidos en los campamentos 4R y un puñado de Hermanas embarcadas en las mismas tramas. Pero fue una bonita experiencia, desde el punto de vista de nuevas ideas y dinámicas, pero, sobre todo, de convivencia, de experiencias compartidas y de planificación de cara al futuro inmediato.

Y este primer plato nos abrió el apetito. Después de esta primer encuentro de este estilo, vinieron otros de mayor calado: San Sebastián, Treviño, Burgos, Valladolid… La formación y comunicación de experiencias eran alternadas con dinámicas de conocimiento en profundad, algunas de las cuales levantaron ampollas. Treviño y San Sebastián dejaron huella imborrable en este tipo de experiencias arriesgas, pero nos ayudaron a entender hasta donde llega la humana fragilidad, incluso entre personas que nos preciábamos de adultos y maduros.

Es de rigor citar, entre los educadores que se llevaron la palma en estos cursos de formación, al sacerdote Emilio Fernández Toribio, profesor de la universidad de Valladolid y avezado psicólogo dentro del mundo religioso y clerical.

Quinta parte: Murguía y Benagalbón

Aparentemente no tienen ninguna conexión probada Murguía y Benagalbón. Pero, tengo para mi que, difícilmente, la Provincia de San Sebastián hubiera acudido tan masivamente a Benagalbón, desde la primera convocatoria, si no hubiera existido antes el clima y el calor humano y pastoral creado a lo largo de estos dos años en el santuario de la pastoral juvenil del norte, Murguía. Nuestro centro emblemático del norte recogía, como fruto maduro, los desvelos y escarceos pastorales de búsqueda, iniciados en la Provincia de San Sebastián desde el año 73, con los primeros campamentos tenidos en Ibarra y Urretxu.

Este afán renovador, imparable, era liderado por la incombustible Sor Dominica Peña, aupada por un pequeño grupo de Hermanas colaboradoras incansables.

Los encuentros y convivencias de Murguía, tanto a nivel de jóvenes como de agentes de la pastoral juvenil, propiciaron y aceleraron el proceso del primer encuentro en Benagalbón, al menos en el norte. Estos encuentros constituyeron el cenit de la inquietud por la pastoral juvenil, creado y alimentado, durante años, en esta Provincia, y que tuvieron como manifestaciones más significativas los campamentos 4R, los encuentros y convivencias de zona, las marchas a Aránzazu, las Javieradas, las acampadas del Olivar y cursos de inglés de verano y un montón de pequeños signos que son difíciles de clasificar.

En los encuentros de los Delegados de Pastoral de las distintas Provincias canónicas de la Familia Vicenciana, tenidos en Madrid durante el año 78, se palpa la inquietud de renovación y de coordinación por todas partes. En una de estas reuniones, Sor Dominica Peña, Sor Concepción Vicuña y el P. Félix Villafranca son nombrados Delegados para ir al encuentro de Visitadores y Visitadores, que tendría lugar en Zaragoza, durante el mes de Septiembre, con el fin de transmitirles el anhelo de renovación y de puesta al día de todo el equipo nacional.

Y en el encuentro nacional de Pastoral Vicenciana, tenido de nuevo en Madrid, durante los días 24 y 25 de Noviembre del 79 tienen lugar dos noticiones:

  • Es nombrado oficialmente Director Nacional de JMV (Juventudes Marianas Vicencianas , en lugar de EMAS) el P. Jesús Maria Lusarreta), en aquellos momentos Director de las Hijas de la Caridad de Granada.
  • Se convoca el primer Encuentro Nacional de JMV de España, que tendría lugar en Benagalbón (Málaga) durante los días 17-21 de Julio de 1980.

Y la nueva acepción de las antiguas Hijas de María se aceptaría rápidamente a nivel de la entera Familia Vicenciana universal. Fue como un milagro. Al carnet de identidad de Hijas/os de María o de los Equipos Marianos de Apostolado Seglar les faltaba el apellido de Vicenciano. el de servicio y de sensibilidad hacia el pobre. Y este apellido fue descubierto por la intuición dinámica y creativa del P.Lusarrea.

Acudieron a este primer encentro más de 2.000 jóvenes, mayores de 15 años, procedentes de toda la geografía española, y de allende de nuestras fronteras. Y lo asombroso es que el número se mantuvo durante años, incluso creció por encima de esa cifra. Era una avalancha continua, antes nunca soñada…Y la Provincia de San Sebastián ha sido, durante años, al menos en la primera etapa, una de las Provincias que más jóvenes ha aportado a estos encuentros, a pesar de las distancias.

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